Los libros, mis amigos

¿Robotizó Internet al hombre?

¿Ha tenido la rarísima experiencia de ver a un joven leyendo en el microbús, mientras que espera en alguna dependencia o señalizando con un marcador fosforescente las páginas de un libro que absorba su atención? Aunque suene boba la pregunta nunca nos la hacemos porque nos trina absolutamente normal que eso sea una reminiscencia de un pasado muy, pero muy lejano. ¿O no? ¡Dígalo con franqueza! Ahora los chicos, los grandes, los intelectuales a la carta de las organizaciones de nuevos gángsteres, los escolares y universitarios, todos a una, como en Fuente Ovejuna, acuden y piratean su ciencia de Internet! ¡Y no hesitan –y menos averguenzan- de rubricar lo que no es suyo y que ni siquiera comprueban si está correcto o es una mala copia de otra más defectuosa aún!

No pocos hemos ganado miopía o presbicia merced al intenso ejercicio de la lectura. De algún modo, la conquista de los libros, merced a su recorrido íntimo, detallista, esforzado, con mataburro (peruanismo que alude al diccionario) en la mano y a prueba de Ortega y Gassets, Unamunos, Valle Incláns, Dumas, Balzacs, Víctor Hugos, Tolstois, Stendahls, por citar apenas a unos cuantos, nos transportaba al clímax de circunstancias en que los libros eran aprehendidos por nosotros. Leer entre los criollos la galana pluma de Porras y sus discursos-libros, la erudición periodística y buida de Mariátegui, la vibrante exégesis de Haya de la Torre y muchos más, demandaba paciencia, ganas y, sobre todo, impulso indetenible de aprender. A mi hijo de 19 años y segundo de estudios en ingeniería industrial le es imposible comprender cómo antes no había Internet y menos botoncitos que presionar para obtener las respuestas como conejos del sombrero de un mago. Y no hablo de cualquier muchacho, éste tiene la suerte de contar con una extraordinaria biblioteca. (Que raras veces visita. Jamás devora).

Entonces, las conclusiones advienen aquí y fuera del mismo modo: ¿mató Internet la lectura física, la investigación procelosa, la curiosidad metódica, la arquitectura que conduce a las grandes construcciones del pensamiento, en suma, robotizó Internet al hombre? Es tanta la mecanización que la propaganda ha logrado imponer la falacia que basta con poseer la computadora (el fierro) olvidando la lección fundamental que quien la opera es un hombre de carne y hueso. Hay países en que los gobiernos obsequian ordenadores a los alumnos. Obvio que no siempre –o casi nunca- preguntan si en esas circunscripciones hay luz por ratos o por escasas e insuficientes horas. Dicen los idiotas metidos a filósofos e intelectuales: ¡lo que vale es la intención! ¡Así se generan puestos de trabajo para más profesionales de la educación! (No me pregunte qué significa el vómito).

La polémica es ardorosa. Quienes sostienen que sí, no dudan un ápice en presionar los botones correspondientes que les dictan las orientaciones de cada momento de su vida. Ignoramos cómo harán cuando les toque la comisión de tareas humanas, simplemente humanas. Los que aún albergan esperanza de custodiar la creación cultural refieren que el control estriba en el hombre o mujer involucrado en la aventura y no les falta razón. Por tanto, la robotización no ha triunfado integralmente. Y todo esto a cuento que la nueva columna Los libros, mis amigos, prendió el comentario de numerosos lectores que con bondad generosa felicitaron la jalada de orejas a los muchachos (como si ellos, los mayores, estuvieran exentos o libres de culpa) y porque, sostienen, es un buen “ejercicio”. De acuerdo, todos quedaron –y no son pocos- comprometidos a escribir la crónica sobre el último libro que hubieren leído. Y el asentimiento entusiasta no me borró la impresión sospechosa que la cosecha puede demorar días. ¡O meses!

¡Así son Los libros, mis amigos!