Ganarán los grandes medios de comunicación, la Sociedad Interamericana de Prensa, el Grupo de Diarios de América, las elecciones en el Ecuador? ¿Lo harán Carlos Vera, Jorge Ortiz y Emilio Palacio? ¿Lograrán restarle fuerza a la tendencia democrática, progresista y de izquierda? Todas éstas son preguntas del momento. Es que en el Ecuador ya no es raro ubicar a los medios de comunicación como la principal fuerza política de oposición al cambio. No es raro mirarlos como los contradictores fundamentales del régimen, como quienes participan en la campaña electoral promoviendo a sus propios candidatos. En medio de la debacle de representatividad política de las estructuras partidistas tradicionales, ellos se han mostrado como la principal voz e imagen de la derecha: son el sostén ideológico del sistema.

Lo grave no es que ellos jueguen ese papel, puesto que es su natural razón de existir, lo grave es que siendo tan evidente, los ecuatorianos les sigamos creyendo, y no hagamos esfuerzos suficientes por confrontarlos, tanto en el plano político como en el plano comunicacional-propagandístico. Como diría Bertolt Brecht (durante el I Congreso Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura), citando a un intelectual alemán antifascista que fue testigo de la barbarie nazi: “Cuando referimos por primera vez que nuestros amigos eran sacrificados, hubo un clamor de horror y se ofrecieron muchas ayudas. Entonces hubo cien muertos. Pero cuando fueron mil y la carnicería no tenía fin, cundió el silencio, y cada vez hubo menos ayuda (…) El hombre vuelve la cara (ante la abominación) porque no ve ninguna posibilidad de intervenir”.

Se podría comparar este sentimiento de impotencia a lo que los ecuatorianos sentimos en determinado momento respecto a los grandes medios: es decir, que son invencibles, que son un mal necesario en el sentido informativo e inevitable en los procesos políticos. Ellos trabajan permanentemente para hacernos sentir eso. Así como los nazis aterrorizaban a los pueblos a los que iban a invadir, exagerando su fuerza, su poder a través de su propaganda, los medios nos advierten todo el tiempo de que ellos son indispensables para una democracia, que son la única garantía para la vigencia de las libertades, de que son el sustento moral de una sociedad (a veces incluso mayor que la Iglesia).

Evidentemente, con el actual desarrollo económico-tecnológico y la creciente cobertura que han adquirido estos medios, no podemos evitar acudir a ellos para mantenernos informados de lo que sucede en el país y en el mundo y, así mismo, no podemos negar que son el principal escenario de confrontación política. Es ahí donde se contraponen tesis, enfoques, intereses.

Esto lo demuestra un estudio reciente de la empresa Quantum, que el diario El Comercio publicó el pasado 20 de marzo. Según este estudio, la televisión, desde julio del 2006 hasta la fecha, se ha posicionado como la principal fuente de información política de los ecuatorianos. Esto considerando que el 95% de los hogares urbanos y el 72% de los rurales tienen por lo menos un televisor. Es decir, estaríamos hablando de que alrededor del 76% de votantes en las ciudades y el 84% en el campo se informan a través de este medio.

Pero, según lo puntualizó Edgar Isch el pasado 22 de marzo, durante el programa “Diálogo por la Patria Nueva”, en radio La Luna, estos datos no significan necesariamente que la gente cree a los periodistas de la televisión, o que acepta los enfoques que hacen sobre los hechos y los personajes políticos. “Yo, por ejemplo, veo televisión, estoy obligado a ver esos noticieros, pero definitivamente no asumo prácticamente nada de lo que ahí se dice, sino que me reafirmo en las posiciones contrarias. Lenin decía que para la gente de izquierda, cuando no tiene suficientes elementos de análisis, basta ver por dónde camina la derecha para saber que hay que caminar por la vereda contraria, y así lo más probable es que acierte. Y eso es lo que podría estar sucediendo, no solo con quienes hacemos política desde las posiciones de izquierda y vemos televisión, sino con muchos ecuatorianos cansados de ese tipo de periodismo”.

La objetividad, imparcialidad e independencia periodística, otra vez a debate

En el reciente intercambio de acusaciones y epítetos que ocurrió entre el gobierno y los periodistas Jorge Ortiz y Carlos Vera se pudo notar dos posturas desde las que se enfrentaba esta lucha: por una parte, los polémicos entrevistadores se ubicaban como periodistas políticos, críticos, defensores, según dicen, de la libertad de prensa. Y por otra parte el Gobierno los acusaba de políticos periodistas, es decir de políticos que se ocultan en la condición de comunicadores para hacer política, para mentir y confundir a la gente.

Esto trajo nuevamente a colación el debate en torno a qué tan ciertos son los criterios de independencia e imparcialidad desde los que realizan su tarea los periodistas, y de si es posible o no la objetividad en el ejercicio del periodismo.

En torno a lo primero, en el debate que mencionábamos que se desarrolló en radio La Luna, y que contó con la participación del analista político Edgar Isch y del comunicador social Marco Villarruel, se aclaró que la independencia e imparcialidad son imposibles en cualquier ser humano. “La imparcialidad es imposible porque significaría no ser parte de, y todo el mundo es parte de algo: todos somos parte de una región del país, de una nacionalidad, de una etnia o de una cultura; somos parte de una posición ideológica y política, incluyendo a aquellos que dicen ‘yo no me meto en eso’, porque esa es ya una postura ideológica, política; somos parte de un credo religioso o somos ateos, hasta somos parte de una hinchada de un equipo. Ser imparcial solo correspondería a seres extraterrestres que vinieran a analizar nuestra realidad”.

La objetividad, sin embargo, sí es posible desde la perspectiva de remitirse a los hechos. Aunque es obvio que se puede ser objetivo únicamente ubicado desde una posición ideológica, también es cierto que es posible no mentir; es posible, por ejemplo, como sostuvo Isch, informar que un jugador cometió una falta sancionable con penal, y no que, por sus propias inclinaciones, diga que solo es culpa del árbitro. Lo que prima, desde este punto de vista, es la honestidad con la que se haga el periodismo, y ese es un elemento presente en la mayoría de periodistas ecuatorianos.

Y precisamente a rescatar el papel de esos periodistas honestos, que se ven afectados por cómo actúan los otros malos profesionales, es a lo que se dedicó durante el mencionado foro, el catedrático Marco Villarruel: “Quienes hacen periodismo desde el poder han ido entendiendo que esta forma de actuar (hacer política abiertamente) no les conviene desde el punto de vista de mantener la credibilidad. Esto lo entendieron cuando ocurrió el intento de golpe de Estado en Venezuela contra el presidente Chávez, donde los medios tuvieron una participación directa como actores políticos de oposición. Desde entonces su organización, la Sociedad Interamericana de Prensa, dio la instrucción de que no participen como actores políticos netos, aunque, en la práctica, les resulta muy difícil cumplir con esta orientación. Pero estos medios y estos periodistas tienen problemas además desde el punto de vista de lo que es la técnica del periodismo capitalista: no investigan, su lenguaje es eminentemente adjetival, es decir hacen apreciaciones subjetivas de los hechos, no hacen análisis de coyuntura, es decir no analizan el contexto, no hay un trabajo de contrastación de fuentes; no están cumpliendo con lo que se supone es su rol”.

Con lo dicho se entiende entonces que en la actual coyuntura política que vive el Ecuador, los medios se constituyen en uno de los principales blancos políticos que tienen las fuerzas del cambio. Se trata de un enemigo con particularidades especiales que es necesario conocer para poderlo enfrentar. El desenmascaramiento de los propósitos y las lógicas con las que se mueven se vuelve una necesidad, no solo endosable al gobierno nacional o al Presidente de la República, aunque sea el que mejores condiciones materiales tiene para utilizarlo. Los sectores populares, las fuerzas del cambio deben promover foros, charlas de capacitación, acerca de cuáles son las lógicas desde las que actúa el periodismo, las intrincadas relaciones de poder que están detrás de su trabajo. Es necesario que aprendamos sobre este tipo de comunicación para hacer una mejor comunicación popular, emancipadora.

En la próxima entrega hablaremos sobre la relación entre el periodismo y la propaganda.