La palabra cambio es quizás la más utilizada por los políticos de los últimos tiempos, no solo de nuestro país, sino del mundo entero; y no solo de las posiciones de izquierda, sino incluso de la derecha.

La palabra cambio fue usada profusamente por el actual presidente de la república, Rafael Correa, cuando se presentó como el candidato más opcionado de la tendencia patriótica, progresista y de izquierda; y le dio excelentes resultados. La usó también, con mucho éxito, el actual presidente de los Estado Unidos, Barak Obama.

Ahora la usan los ocho binomios presidenciales que están inscritos para el próximo proceso electoral en nuestro país. Es una cuestión de elemental olfato político: frente a los efectos de la crisis general del capitalismo, que se expresa en lo económico, social, político-institucional, ambiental, etc., quien no ofrezca el cambio prácticamente se aleja de la posibilidad del favor del voto.

Por ello, no sorprendió también oírla en labios del socialcristiano Luis Fernando Torres, que luego de que su partido le negara la posibilidad de postularse, creó a última hora su propio movimiento con ese nombre: “Cambio”.

Aunque no se sabe con precisión en qué momento comenzó a ser utilizada, se cree que esta palabra fue introducida en el argot político durante el período de la ilustración, en la Francia pre revolucionaria del siglo XVIII. Según Pier Paolo Donatti, de la Universidad de Bolonia, Italia, el término indica el paso de la sociedad premoderna a la moderna: “El concepto intenta retener esa continua dinámica de ‘las unidades sociales’, que envuelve a la Europa de la revolución burguesa, industrial, capitalista”, sostiene.

Pero es obvio que la palabra cambio alcanza dimensiones históricas cuando la dialéctica materialista hace su aparición como método científico para entender y transformar la sociedad. Será entonces el marxismo el que le dote de su real significado.

Desde esta perspectiva, el cambio es una cualidad de la sociedad, que se produce como efecto de las luchas internas entre fuerzas sociales antagónicas (clases sociales), en cada etapa histórica, desde que apareció la propiedad privada sobre los medios de producción.

No se trata de hacer aquí un desarrollo minucioso sobre lo que esta doctrina plantea, pero sí es necesario tomar en cuenta que el cambio se produce el momento en que hay un salto cualitativo de un tipo de sociedad a otro diferente. Y ello debido a que cambia la estructura material en que se basa su vida, es decir cambia el modo en que la sociedad produce los bines para subsistir y, por tanto, las relaciones que los seres humanos establecen entre sí en esa producción.

Si en el esclavismo el modo en que la sociedad producía estaba basado en que unos seres humanos eran propietarios de las tierras y de otros seres humanos, a quienes obligaban a trabajar en su beneficio; era esta contradicción, este choque de fuerzas opuestas antagónicamente: la de los amos y la de los esclavos, el que permitió el cambio; puesto que mientras las fuerzas productivas de la sociedad crecían paulatinamente, la apropiación de los medios de producción y de los beneficios que esta producción originaba, se reducía a pocas manos, lo que generó, en un momento dado, un estallido revolucionario. Así se pasó, en un proceso, del modo de producción esclavista al modo de producción feudal.

Esto ocurrió también en el tránsito del feudalismo al capitalismo, y esto ocurrirá, tarde o temprano, cuando el capitalismo sea destruido y sobre sus cenizas de levante la sociedad de los trabajadores: el socialismo; que dará paso al comunismo científico, una etapa superior del desarrollo social que hasta ahora la ciencia ha permitido vislumbrar, en la que desaparecerán las clases sociales y donde cada quien producirá según su capacidad y recibirá según su necesidad.

El cambio tiene, entonces, un sentido revolucionario, de transformaciones profundas, y no solo de acomodos o parches (reformas) del viejo sistema. Como sostuvo Ernest Toller, en la resolución del Secretariado de la Unión Internacional de Escritores Revolucionarios, que hacía frente al fascismo, en el año de 1935: “El contenido de una palabra no se agota con su sentido, que se comprende racionalmente. La palabra es viva como un árbol. Tiene sus raíces en los siglos y está cargada de valores, de sueños y esperanzas, de maldiciones; la palabra es la medida humana. El que encuentra la palabra justa en el momento justo aumenta de manera casi imperceptible su poder material”. Sin embargo, aunque cualquiera use la palabra cambio, con diversos propósitos y con distintos resultados, los únicos portadores verdaderos del cambio serán los pueblos, puesto que ellos son los que hacen girar la rueda de la historia.

En los actuales momentos que vive el Ecuador, hay que diferenciar bien quién y en qué sentido usa esta expresión, e identificar con precisión cuál es la fuerza política más consecuente con el real sentido histórico que tiene el cambio. Una organización política que además de haber dedicado su vida, de haber entregado hasta la vida de muchos de sus dirigentes por la consecución del cambio, sea en estos momentos una garantía real de que lo logrado hasta ahora no retroceda sino avance, se desarrolle y se acerque cada vez más a la transformación revolucionaria que todos anhelamos.