Cuando usted mira una fotografía la analiza en su estado presente, el que se muestra ante sus ojos, y observa cosas que le agradan y otras que no. No tiene más elementos para valorar que los que tiene en sus manos en ese instante. La realidad social no es una fotografía, y analizarla, por lo tanto, no es tan fácil como decir blanco o negro, me gusta o no me gusta. Es, evidentemente, mucho más complejo que eso.

Varios dirigentes políticos y líderes de opinión de los grandes medios de comunicación, incluidos quienes se dicen de izquierda, o se muestran cercanos a esas posiciones, analizan el actual escenario político, al Presidente de la República y al actual gobierno, como si se tratara de una fotografía, sin pasado ni movimiento dialéctico, sin posibles escenarios futuros. Para ellos, Rafael Correa o es un neoliberal más (como dicen los radicaloides izquierdistas que apoyan a binomios como el de Martha Roldós o al de Diego Delgado), o es un radical de izquierda vinculado a la guerrilla colombiana (como dice, en cambio, la derecha).

Posiciones maniqueas que lo único que logran es hacerle el juego a quienes se oponen al cambio, a quienes confrontan en todos los frentes y con todas las estrategias posibles a la tendencia democrática, patriótica, progresista y de izquierda que se ha venido consolidando en el Ecuador en los últimos tiempos.

Una tendencia que se afirma

Hablamos de una tendencia cuya existencia es objetiva, y que está caracterizada por oponerse o combatir al neoliberalismo, que defiende la soberanía y la dignidad nacional, que confronta al poder de la gran burguesía y pugna por la conquista de derechos democráticos para los pueblos. Es una tendencia que teniendo estos elementos comunes tiene una diversidad de posiciones ideológicas y políticas en su seno. Existen en ella sectores que miran al cambio como un hecho de reformas a la institucionalidad vigente, que evitan por todos los medios que en esos intentos de reforma las cosas se muevan hacia posiciones más radicales, revolucionarias, y que cuando detectan que ello puede suceder, lo combaten inmediatamente.

También existen sectores que tratan de acomodarse a las nuevas circunstancias cobijándose bajo el paraguas de Rafael Correa, para disputar espacios de poder que les permitan satisfacer intereses particulares o de grupo; son quienes disputan abiertamente por ganarse el favor del Presidente de la República, por adquirir poder de decisión; y son precisamente estos sectores quienes protagonizan escándalos como el de las últimas elecciones primarias del Movimiento PAÍS. Estos sectores, evidentemente, obstruyen el avance de la tendencia, conspiran contra ella desde el interior. Por ello es necesario depurarlos, excluirlos. Muchos tienen relación o representan a sectores de una burguesía media que miran a las actuales circunstancias como una oportunidad de disputarle espacios a la gran burguesía, bajo cuyo dominio han estado siempre.

Y en la tendencia, por supuesto, está también la izquierda revolucionaria, que es la fuerza más consecuente con el anhelo de cambio real, profundo, transformador que tienen los pueblos del Ecuador. Es una fuerza cuya máxima ventaja sobre los demás sectores de la tendencia es su fortaleza organizativa, su unidad ideológica y política. Su acertada elaboración política en la coyuntura, en correspondencia con su proyecto de poder.

Calificar la tendencia, radicalizarla

La izquierda revolucionaria, sin ser la hegemónica, resulta ser la más consecuente defensora de la tendencia democrática, patriótica, progresista y de izquierda, puesto que es ella la que moviliza constantemente a sus sectores de masa para combatir a la oligarquía y al imperialismo que conspira constantemente contra el cambio. Pretende empujar a esta tendencia hacia posiciones revolucionarias, de real desarrollo. Apoya al gobierno de Rafael Correa porque entiende que ello es básico para mantener la tendencia, para evitar que sea golpeada, para evitar que lo logrado hasta ahora con la lucha de los pueblos, sufra un retroceso.

Esta tendencia no es de propiedad de Correa ni de su movimiento político, tampoco surgió cuando ganó las elecciones en 2006, viene gestándose a lo largo de la existencia del Ecuador como república, y especialmente en los últimos veinte años.

Si las fuerzas de esta tendencia combatieron contra el neoliberalismo desde que se estableció en el gobierno de Osvaldo Hurtado (y contra todos los demás presidentes de distintos partidos políticos que vinieron a continuación), impidiendo que se aplique en la magnitud que había sido impuesto en el resto de la región, más tarde combatieron contra un gobierno corrupto y neoliberal como el de Abdalá Bucaram y se demostraron a sí mismas y demostraron al país entero que era posible tumbar a un gobierno con la lucha.

Más tarde, con la caída de Mahuad, demostraron que estaban dispuestas a ir más lejos: que buscaban un gobierno alternativo a los de la oligarquía. Por ese gobierno han venido pugnando en estos años, con reveses como el de Lucio Gutiérrez, quien traicionó el compromiso que como candidato hizo de representar las banderas de esos sectores, pero también con victorias importantes. Una de las más importantes es que a pesar de que Gutiérrez traicionó el proyecto y tuvo que caer, la tendencia no se desperdigó, se mantuvo. En la conciencia de las masas quedaron las ideas de avanzada, de defensa de la soberanía y de desarrollo equitativo de los pueblos, por eso continuó el combate.

¿Por qué apoyar a Correa?

El error que cometen quienes hoy le exigen a Correa que tome medidas socialistas, de izquierda, es que el Presidente nunca fue un militante permanente, activo, de esas posiciones. Como dice nuestro pueblo: no se puede pedir peras al olmo. Correa apareció en el momento preciso en el que las fuerzas populares habían librado y ganado batallas políticas trascendentes, como las que hemos mencionado, y otras más recientes como la oposición al Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos, la expulsión de la transnacional Occidental del país, la condena al Plan Colombia y a las aspersiones de glifosato en la frontera norte; habían peleado y ganado razón en la expulsión de los militares norteamericanos de la base aérea de Manta, entre otros aspectos importantes.

Rafael Correa logró capitalizar con su discurso progresista estas luchas, el anhelo de cambio de los trabajadores y pueblos y, con el apoyo de las organizaciones populares y políticas de izquierda, ganó las elecciones, logró un liderazgo en esta tendencia, que se ha venido consolidando ya en el ejercicio del poder.

Es un hecho que Correa nunca se reconoció como un hombre de izquierda, su programa de gobierno si bien recogió gran parte de las banderas de lucha de los pueblos, las moderó: nunca habló, por ejemplo, de no pagar la deuda externa, habló de renegociarla, y ya en el gobierno hizo algo importante: conformó una comisión auditora del crédito público que mostró la inmoralidad que encierra esta historia de endeudamiento del Ecuador y que le ha permitido no pagar ciertos tramos de deuda por considerarlos ilegítimos. Otros tramos los ha pagado. Es obvio que lo que cabe es el no pago general de toda la deuda, por ser inmoral, injusta y por haberse constituido en un dogal para el desarrollo autónomo del país, pero no es menos cierto que la posición de Correa en este tema frente a la que se había venido manteniendo por todos los gobiernos precedentes es importante, de avanzada.

En el tema de la base de Manta, por ejemplo, si bien no expulsó a los gringos al siguiente día de posesionarse, como habría sido lo justo, decidió no renovar el convenio y con ello el gobierno norteamericano tuvo tropiezos en ubicar sus fuerzas de control militar sobre la región. En el tema del Plan Colombia mantuvo una posición digna, que ningún otro gobierno había tenido en el contexto internacional, logró suspender las aspersiones con glifosato en la frontera norte. Y cuando ocurrió la agresión armada a nuestra soberanía territorial en Angostura, el 1 de marzo del año pasado por parte del Ejército colombiano, hizo respetar la dignidad del Ecuador en escenarios internacionales como la OEA, donde denunció al gobierno de Uribe como guerrerista y con el cual rompió relaciones diplomáticas que hasta ahora no se restablecen.

Es obvio que no todo en el pensamiento y la acción de Correa es del tamaño de las aspiraciones de la izquierda y de los pueblos del Ecuador. No cabe esperar que él, en su condición ideológica socialdemócrata, pequeñoburguesa, haga lo que a las fuerzas más avanzadas les corresponde.

Correa, sin embargo, pese a todos sus límites, constituye un momento de ruptura en la historia política del país, es el primer gobierno de características patrióticas y progresistas, y por ello cuenta con el apoyo mayoritario de los ecuatorianos. Mantiene el más alto porcentaje de aceptación que un Presidente ha tenido luego de dos años de gestión, y en medio de difíciles momentos de confrontación política y de crisis económica.

No apoyar a Rafael Correa para la reelección sería ir contra esa voluntad de la mayoría de ecuatorianos, y sería afectar lo hasta ahora logrado en la conciencia de las masas trabajadoras. Sería permitirle a la derecha recuperar espacios, tomar nuevamente la iniciativa, el control de la política. Pero también, apoyar a Correa con un cheque en blanco sería tan irresponsable como hacerle la oposición, porque sería no tomar en cuenta sus límites ideológicos y políticos, y meterse en su proyecto meramente reformista, desarrollista, sin futuro.

Apoyar críticamente a Rafael Correa se vuelve la política justa en los actuales momentos. Votar por él y combatir al mismo tiempo sus posiciones autoritarias, sus incomprensiones de lo que significa el proceso de cambio revolucionario por el que luchan las fuerzas más avanzadas de la tendencia, se vuelve básico.

Sí, señor Presidente, tiene usted todavía el voto de los pueblos, pero es un voto consciente, que les permite a los pueblos del Ecuador, a la izquierda revolucionaria, avanzar en el proceso de transformaciones profundas que exige la Patria Nueva y requiere el Socialismo