La multimillonaria campaña publicitaria del Gobierno, de más de 11 millones de dólares desde el 2007, promueve una supuesta “revolución ciudadana” de la que no se conoce con exactitud su significado, a no ser por ciertas políticas que pretenden ayudar a los pobres a que sigan siendo pobres.

Se hace importante entonces profundizar en el análisis de qué historia y qué sentido tiene el concepto de lo “ciudadano” en las actuales circunstancias.

Como vimos en la edición anterior, durante la antigüedad y la Edad Media el término “ciudadanía” se usó para referirse a una élite que, además de tener el poder económico, se sentía predestinada a gobernar y a dominar a los esclavos, plebeyos o siervos. Y si bien durante la revolución liberal burguesa el término se usó para “igualar” a las personas ante la ley, era precisamente esa ley la que determinaba el dominio de una clase social sobre otras, y los ciudadanos tenían que asumir ese dominio “por igual”. Desde entonces, ser ciudadano tiene que ver con la defensa de ese orden de cosas, y nunca con revolucionarlo. Se podrá pretender “mejorarlo”, pero jamás cambiarlo en su esencia.

Ciudadanía y lucha de clases

Como lo sostiene José Welmovick, el discurso de ciudadanía lo que busca en el fondo es la defensa de una sociedad basada en la preservación de la propiedad privada, por lo cual la asociación de clases le es nefasta. “La introducción de la ciudadanía para la burguesía triunfante (frente al feudalismo) significaba garantizar la libertad individual y, en particular, la ‘libertad’ del trabajador como individuo, dueño de sí mismo, pronto para ser libremente explotado. Esa era la cuestión más importante y debía ser colocada encima y contra cualquier tentativa de unión de clase. Libertad de expresión sí, hasta incluso derecho de voto, pero no libertad de asociación de clase para reivindicar derechos que acarreasen cualquier obstáculo al libre arbitrio del capital”.

No se vuelve extraña entonces la forma de actuar de un gobierno como el ecuatoriano, que impulsa una supuesta “revolución ciudadana” y en el discurso habla de la ampliación de los derechos, pero en la práctica busca terminar con la organización sindical y popular que atenta contra el sistema.

Desde fines de la segunda guerra mundial en que fueron concebidas estas tesis, lo fundamental de una sociedad capitalista de “ciudadanos” es contener y boicotear todo intento de organización de las clases trabajadoras contra el capital, contra la burguesía. Pretenden mostrar al capitalismo como una sociedad de igualdad, por ello niegan la existencia de clases sociales en su interior, y detestan la idea de que éstas se encuentran en una lucha irreconciliable que tarde o temprano tendrá que dar paso a una situación revolucionaria, en la que los trabajadores arrebaten la propiedad de los medios de producción a los burgueses y ejerzan un dominio sobre ellos, en un proceso que tiene como norte la supresión definitiva de las clases sociales.

Uno de los teóricos más importantes del concepto de ciudadanía, Thomas Humphrey Marshall, sostiene que “El desarrollo de las clases erosiona y limita la capacidad de la ciudadanía para crear acceso a los recursos escasos y a la participación en las instituciones que determinan su empleo y distribución. La clase y la ciudadanía son principios de organización opuestos: son básicamente tendencias contradictorias”.

Los ciudadanos tienen la “libertad” de buscar el acceso a los “siempre escasos” recursos. La pregunta es ¿por qué siempre tendrán que ser escasos para la mayoría y no para ciertos ciudadanos que controlan las empresas y el Estado? Y dice que el desarrollo de la lucha de clases erosiona o limita la posibilidad que los ciudadanos tienen de “participar” en las instituciones que determinan la producción. Es decir, si los trabajadores se revelan y buscan atentar contra la propiedad de los medios de producción que sus patronos tienen para explotarlos, bajo el criterio de entregar la riqueza a sus generadores, desperdiciarían la oportunidad de que estos patronos les cedan cierta “participación” en los beneficios de esa riqueza generada. Es la vieja concepción de: no muerdas la mano de quien te alimenta.

Por otro lado, la sociedad de clases no es un sistema ideado por alguien, es una realidad objetiva en el capitalismo, que está al margen de la voluntad de las personas. Y la lucha antagónica entre las clases fundamentales de la época no es una cuestión optativa, sino una consecuencia del desarrollo de las fuerzas productivas.

Si “la larga y triste noche neoliberal” ha generado condiciones de sobreexplotación como las que sucedían antes de la segunda guerra mundial, y ha puesto en aprietos al capitalismo, la respuesta que ahora pretenden dar los teóricos burgueses con el concepto de ciudadanía, va en el camino de contener la lucha revolucionaria, y de conducirla a la reivinidcación “progresiva” de derechos que no afecten la esencia del sistema.

Este discurso, que en ocasiones no duda en disfrazarse de marxista, viene acompañado de una acción represiva muy peligrosa, como la que estamos viviendo en el Ecuador. Rafael Correa hasta se da el lujo de citar a Vladimir Lenin y al mismo tiempo injuriar a dirigentes revolucionarios como Marcelo Rivera. Le estorban las organizaciones populares y los partidos de izquierda. Pero, aún contra sus deseos, la lucha de clases seguirá siendo el motor de la historia.