¿Qué ocurre cuando a un dirigente político, poco o nada simpático a la cúpula de su movimiento, se le expulsa con obvia y escandalosa burla al debido proceso, no se escuchan sus alegatos, se desoye el clamor interno por democracia y, para colmo de males, los que aplican la medida draconiana vacaron en la legitimidad de su mandato con exceso y descaro? ¿son acaso las violaciones de derechos humanos en los partidos cosa rara o insólita? ¡De ninguna manera! Por el contrario son moneda corriente, frente a la cual, casi no hay protesta, aparte de la esgrimida por los afectados. La conclusión es inevitable: ¿los derechos humanos al interior de las colectividades políticas son de segunda o tercera clase?

En Perú puede llover para arriba, entonces, como la expulsión inverosímil, con prescindencia de cualquier testimonio del supuesto responsable de inconductas, como es el caso de Luis Alberto Salgado en el Apra, podría soliviantar masas a las que se teme, entonces, se inventa otro recurso, igual de callejón, indigno pero eficaz: se niega la militancia de cinco décadas a otro protagonista, Jesús Guzmán Gallardo y se le niega cualquier ejercicio partidario. Ambas personas tienen en común el pertenecer a la agrupación que otrora fuera esperanza de los pobres del Perú y de cuyo supuesto soporte depende el ejercicio gubernamental desde Palacio.

En los dos casos, la violación de sus derechos cívicos o ciudadanos, es una constante criminal sobre la que no hay mayor enjuiciamiento en los medios de comunicación. No se sabe si por falta de interés de quienes tienen, también, en sus casas partidarias, iguales o peores sucesos o porque en el país, el interés por la política partidaria ha llegado a niveles de repugnancia. No obstante, el aplastamiento de los derechos de ambos ciudadanos es real.

Entonces ¿deben las sociedades dejar al libre albedrío o manipulación intestina de las cúpulas políticas, la administración de justicia? No caeríamos en yerro si dijéramos que para algunas pandillas, la justicia equivale a las palizas a que son sometidos los disidentes, a la amenaza de que son víctimas aquellos o a la fábrica mañosa que abogados delincuentes construyen para no dar salida sino dilaciones a los problemas de esta naturaleza. Pretender que estos temas son privativos o exclusivos de partido, es como dejar que en nombre de la filiación, un mal padre flagele a sus hijos a título de la circunstancia genética. Con el riesgo de muerte o mutilación inminentes.

El periodismo aborda circunstancialmente el intríngulis, sólo gracias a versiones de parte y casi nunca merced a la imparcialidad objetiva. En buena cuenta sólo se lee, oye o ve, lo que impulsan quienes trazan la agenda de lo que debe leerse, oírse o verse. El envilecimiento es obvio y la mentira persistente como corruptora.

En Perú, como en otras partes del mundo, el movimiento de protección y resguardo de los derechos humanos se ha ejercido no siempre bien. Para algunos, estos derechos son violados sólo cuando el policía o el agente actúa enclaustrando la amplitud de los derechos humanos a vulgares episodios de carcelería. De lo leído puede colegirse que los derechos al debido proceso, a la defensa, a la opinión y discrepancia, han sido lesionados.

Si los derechos humanos son violados por los partidos políticos y las víctimas son los dirigentes que no son afines o simpáticos o anuentes al pensamiento de las cúpulas dirigentes ¿qué debe hacerse? Muchas cosas, una de las cuales es prescindir de la supuesta extraterritorialidad de las colectividades en nombre de su antiguedad o estatuto interno. Además, las sociedades deben aceptar que esto ocurre merced a las evidencias que se dan a conocer, más aún, como en caso reciente, el tema ha sido llevado ante los tribunales cuyo fallo deberán respetar tirios y troyanos, aunque eso es harina de otro costal y sobre lo que podrían armarse polémicas múltiples.

El estudio de este fenómeno demanda ser acometido por institutos sociales o –difícil, pero muy significativo- por los mismos partidos o, al menos, grupos de avanzada al interior de ellos. ¿Qué esperamos, la autocracia más fétida en nombre de la sagrada democracia que seguirían violando a cada instante?

¡Atentos a la historia, las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder, el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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