20-10-2010

¿Presidente o administrador de turno?

Por razones más bien simbólicas atribúyese al presidente de la nación poderes ecuménicos, definitorios, realizadores. No son pocos los que ambicionan la faja. Hay un apetito descomunal por ceñírsela con prescindencia total de si van a hacer algo por las mayorías nacionales o simplemente a satisfacer sus egos angurrientos. Casi siempre Congresos borreguiles y anuentes conceden estos atajos. El dilema ¿presidente o administrador de turno? tiene importancia de primer orden.

¿Cuánto poder posee un jefe de Estado? Teóricamente la Constitución prevé mecanismos para frenar los desmanes a que no pocos son muy aficionados. El Legislativo debía ser la institución que da las leyes y custodia que el mandatario las cumpla. Sin embargo la experiencia enseña que, una vez instalado cómodamente, el primer funcionario del país, troca en emperador, mandón y hace lo que le viene en gana. Un dictador a la sombra.

Si la forma en que un país produce, sin variar el modelo exportador de materias primas, ajustando la cuerda alrededor del cuello de los más pobres que carecen de estabilidad en el centro de trabajo y con prevalencia, absoluta y para todos los casos, del “resguardo que merecen” los inversionistas y el mandatario lejos de contribuir en la corrección de estos abusos, aboga por su establecimiento a rajatabla, entonces, el presidente sólo administra el poder que episódicamente, mientras dure su estancia en Palacio, le otorgan otros muy poderosos para que cuide el orden interno de la casa.

¿Qué más puede hacer un presidente?: colocar a sus validos, amigotes, cómplices y subalternos en puestos en la administración pública. La relación no es de méritos, es de toma y daca de favores y vista gorda ante los posibles asaltos en que no pocas veces incurren los subordinados que aprovechan la mano amiga a troche y moche.

¿Qué más? En nombre del desarrollo y progreso social se hipoteca en concesiones discutibles y hechizas parte del patrimonio nacional que el verbalismo excesivo disfraza de conveniente, útil, importante para el país. El embrujo dura poco, pero para entonces, el presidente ya pasó la posta a los herederos y éstos, recién llegados, se lavan las manos. A final de cuentas, ni el que metió la pata y menos los advenedizos, pagan por los platos rotos. Hay un solo dañado: el siempre invocado pero jamás respetado pueblo del Perú.

Conviene preguntar a los postulantes, por designio propio o por expresión colectiva, a la presidencia ¿si están seguros de a qué se meten?

¿Puede un presidente con su gabinete de ministros, Congreso y poderes, delinear una línea autónoma y soberana, antimperialista, inclusiva de sus sectores populares mayoritarios, al margen de los grandes poderes globales del mundo? Todo parece indicar que no es así. Entonces, el concepto del poder no está en cualquier presidencia, local o foránea, sino en las manos de empresas muy grandes, con socios urbi et orbi y que tienen en todas partes representantes, gerentes, banqueros, embajadores, cuidando su riqueza y de los réditos que esta produce para ellos.

El poder presidencial es una quimera. Hay casos en que el jefe de Estado sólo constituye una pieza en el tablero de ajedrez que manipulan, a su antojo y tiempos, otros realmente omnipotentes a quienes basta un guiño para poner en vereda a los antojadizos que se salgan del menú y para ello tienen agencias noticiosas, oficinas financieras, tecnócratas en todos los bancos y son los que dan o quitan aquiescencia a cualquier decisión “soberana” de los gobiernos. Siendo el mandatario representante de aquellos, apenas si es un eficiente cumplidor de órdenes. Un administrador de buena conducta.

¿Por causa de qué el hambre de presidencia en que ha estallado el ambiente político peruano? No pocos de los postulantes exhiben prontuarios inmorales y criminales dignos de uno o más escupitajos. Pobres diablos a quienes no bastó destrozar a sus partidos, ahora quieren jugar otro lance más ¡sólo para asegurar un puestito en la lista parlamentaria! ¡Así de simple!

He oído reiteradas veces aludir al odioso modelo económico al que hay que tumbarse –dicen algunos- para cambiarlo. Pero hay derecho a preguntarse si funcionará, habida cuenta que el modelo mental de cómo combatir nuestras centenarias taras, permanece incólume y –lo que es peor- incuestionado. ¿Constituye la presidencia del país una presea o es la cúspide impresionante del egocentrismo que a no pocos políticos escualos caracteriza?

A tenor de las experiencias en Perú, el primer puesto del país, no tiene gran importancia como sí la tiene el cambiar el paradigma mental de cómo actuar con miras a entender que a mayor responsabilidad, mayor aún la responsabilidad colectiva del manubrio nacional. Los “hombres providenciales” ¡no existen!.

¿Presidente o administrador de turno?

¡Atentos a la historia, las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder, el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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