Esta madrugada, durante mis habituales caminatas, vi una luna grande, anarajanda, imponente, como la que se anuncia que recién podrá ser observada dentro de 48 horas. Concedamos que entre mis nuevas aficiones inconcientes haya incursionado la de sonámbulo y en su magia no exenta de peligros, creí haber visto el bello espectáculo cuya foto reproduce de un observatorio norteamericano, la página web de RPP.

No hay en viernes mayor infelicidad e infortunio que deambular con los bolsillos a la mala. Por extraño conjuro no buscado, un ramillete de amables damas olvidó honrar sus obligaciones con mi trabajo y me puso al mismo nivel que cuando era un quinceañero y dependía de los fruncidos asentimientos o negativas de mi papá: ¡sin blanca en las faltriqueras ni para mostrar una moneda!

Hay semanas y semanas. Poquísimos días atrás una entrañable amiga de visita en Lima súbitamente debió retornar a su punto de origen yugulándome el placer de saludarla para comentar la destreza de su arte, la coquetería fina y sensual de sus poemas y admirar, una vez más, su inconfundible belleza. Habrá que esperar otro año más.

Ayer, luego de haber hecho aprestos madrugadores y de haber ido al Poder Judicial en horas tempraneras, nos enteramos, el doctor Guillermo Olivera Díaz y este servidor, que habría reprogramación de la Vista porque los trabajadores estaban de paro indefinido. De cualquier modo la solidaridad con aquellos siempre está presente. Pero, la jornada plagada de taxis y gastos varios, esfumó los pocos billetes que llevaba encima orgulloso de tanta y precarísima pobreza. El dicho proclama: a mal tiempo buena cara. Y tengo que reírme porque más tarde oiré el cántico furioso que señalará que el parque de municiones se llena con balas y no con poemas justicieros o peleas contra los poderosos. (No hay ley que nos arrope o resguarde a los hombres contra estas legítimas reconvenciones.)

Nunca hasta hoy comprendí un letrero que he visto en bodegas a lo largo y ancho del país: Yo vendí al contado (un rollizo dueño de holgados gustos); y yo vendí al crédito (un desgarbado de nariz más o menos prominente pero quebrado hasta el tuétano). Lección: cobrar por adelantado, integralmente y quien no comprenda este modus operandi, rétole para que se ponga hoy viernes en mis zapatos. (Le pido eso sí que ejercite su ingenio y no descarte cualquier parque que pueda alojarlo en su mullido césped.)

A nadie le cae mal, de cuando en vez, el ejercicio que subvierte el refrán: ¡a palabras enérgicas, oídos sordos!

¿Mala suerte? ¿ingenuidad? ¡Qué bah: la luna grande! (Y, ya lo saben, los bolsillos vacíos!)

Alea jacta est.

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