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Hace dos años aproximadamente, el 7 de enero de 2003, que Donald Rumsfeld promovió las Fuerzas Especiales a la categoría de arma, poniéndolas así al nivel de las fuerzas terrestres, la marina de guerra, la fuerza aérea y la infantería de marina. En aquel momento escribimos aquí en la Red Voltaire que el secretario de Defensa pretendía librar su «guerra contra el terrorismo» apoyándose en unidades capaces de golpear con rapidez y precisión sin amarrarse a las leyes de la guerra. El tiempo no se limitó a confirmar nuestros análisis y nuestros temores sino que mostró además la aparición de nuevos problemas como resultado de la rivalidad entre el Pentágono y la CIA.

Donald Rumsfeld presentó la concepción de las Fuerzas Especiales como arma en un discurso ante la National Defense University [1]. En esta intervención se entusiasmaba por la batalla de Mazar-e-Sharif, paradigma del enfrentamiento asimétrico, en el cual el arsenal en uso iba «desde armas sofisticadas guiadas por láser a los antiguos B-52 de hace cuarenta años actualizados mediante la electrónica moderna, así como hasta lo más rudimentario, el hombre a caballo.

Todos fueron utilizados a la vez de forma sin precedentes, con efectos devastadores para las posiciones enemigas, para la moral del enemigo y, esta vez, para la causa del diablo en el mundo».

Esta descripción al estilo de Hollywood tiene sin embargo su reverso. Se ha dicho que la batalla de Mazar-e-Shariff, lejos de ser gloriosa, fue en realidad la masacre de varios miles de prisioneros perpetrada por las Fuerzas Especiales y los hombres del general Dostum. Como prueba de ello están los testimonios recogidos en «Massacre in Mazar», film del realizador irlandés de documentales Jamie Doran, y las fosas comunes que encontraron más tardes representantes de Naciones Unidas [2].
Ello demuestra el peligro que representa la utilización de unidades que actúan fuera de las leyes de la guerra.

Como quiera que sea, esta batalla constituye el modelo que Donald Rumsfeld desea desarrollar. Pero, en la práctica, su aplicación hace aparecer también «fricciones» entre unidades heterogéneas que obedecen a reglas diferentes [3].

Las fuerzas no convencionales

La incorporación simultánea de unidades no convencionales y convencionales al combate es una voluntad constante de los dirigentes políticos que los militares acogen con disgusto. Durante los últimos 60 años, el esquema ha sido aplicado con frecuencia pero no mantenido. Está el ejemplo del OSS, durante la Segunda Guerra Mundial, que trabajaba tanto con su similar británico como con las fuerzas clásicas (1942-44).

Aparecen más tarde el SOG en Vietnam, Camboya y Laos (1964-72) y, más recientemente, el JSOTF durante la operación Tormenta del Desierto (1991). Con vistas a su reforma, Donald Rumsfeld comenzó por establecer estados mayores permanentes, en cada región del mundo, para garantizar la coordinación entre las fuerzas.

En el caso de la Segunda Guerra Mundial, el OSS no era una unidad militar sino un servicio de espionaje, que dio lugar a la CIA. Sin embargo, en los casos del sudeste asiático e Irak, los estados mayores incluían a la vez Fuerzas Especiales militares y Fuerzas Especiales paramilitares de la CIA.

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Special Operation Group (SOG), Vietnam, 1968.

Esta combinación de unidades no convencionales militares/paramilitares dio lugar a los peores excesos. Es por ello que Harry Rositzke, en 1975, y más tarde el almirante Stanfield Turner, en 1987, consideraron focalizar de nuevo a la CIA en sus misiones clásicas y cerrar su rama paramilitar para que las Fuerzas Especiales se convirtieran en prerrogativa exclusiva del Pentágono [4].

Esto no se hizo porque, en el sistema administrativo estadounidense, la diferencia entre lo que hace el Departamento de Defensa y lo que hace la CIA no tiene que ver con la naturaleza de la acción en sí sino con su estatuto: el presidente asume todas las acciones del Pentágono pero puede negar las de la CIA [5].

Así nos encontramos hoy ante la existencia, ya vista en el pasado, de dos fuerzas especiales con usos similares. Peor aún, las desastrosas relaciones que existen entre el secretario de Defensa y el director de la CIA los llevan a caer en una especie de puja. Cuando el presidente Bush declara que hay que recurrir a todos los medios para garantizar la derrota del terrorismo, se olvidan los costos excesivos en medios y personal [6]. Las «fricciones» no son ya únicamente entre militares sino también con la CIA.

En el pasado, la misión de las Fuerzas Especiales era preparar el terreno antes de la batalla [7]. Por consiguiente, no eran más que fuerzas de apoyo, destacadas de cada arma. Actualmente, deben actuar también con carácter preventivo antes que la amenaza se haya concretado. Ya su intervención no prepara la batalla sino que la substituye, si es posible. Eso fue lo que expresó claramente George W. Bush en su discurso ante los cadetes de la Academia militar de West Point [8] y lo que confirmó en el documento que enuncia su doctrina bajo el título The National Security Strategy [9].

Las fuerzas especiales son, por tanto, unidades de proyección e inteligencia [10]. Mientras más se desarrollan como arma autónoma, menos llenan su función de preparación del campo de batalla simplemente porque guardan celosamente las informaciones que obtienen con vista a realizar sus propias operaciones [11]. Pronto llegará así el momento en que las fuerzas terrestres, la marina de guerra, la fuerza aérea y la infantería de marina querrán a restablecer sus propias Fuerzas Especiales y se producirá una multiplicación de unidades que se hacen la competencia empleando esencialmente sus energías en neutralizarse entre sí, siguiendo el esquema burocrático característico del Imperio estadounidense [12].

La multiplicación de milicias

El desarrollo exponencial de las Fuerzas Especiales, con un aumento de un 35% de su presupuesto para este año, puede interpretarse como síntoma de la parálisis a la que se exponen las enormes fuerzas armadas estadounidenses. De 47,000 hombres, no pueden lanzar al combate más de 1,500 a la vez porque los demás tienen que ocuparse de tareas logísticas y burocráticas. Las fuerzas clásicas, concebidas para vencer una Unión Soviética que ya no existe, adolecen de un mal incurable. Necesitan desplegar 300,000 hombres para vencer a un país del Tercer Mundo como Irak porque la única manera de actuar que conocen es utilizar un martillo para matar una mosca.

Al mismo tiempo, la administración Bush desvía al Pentágono de su función defensiva para convertirlo en una milicia mundial al servicio de los intereses de las grandes multinacionales, que llaman «terrorista» a toda resistencia local a su expansión. Las fuerzas especiales son por consiguiente unidades, que se pueden movilizar en pocas horas hacia cualquier lugar del mundo, en defensa de los «intereses de Estados Unidos» o para asesinar a quien estorbe.

La competencia entre los paramilitares de la CIA y las Fuerzas Especiales militares no corresponde a ninguna diferencia en las misiones o los medios de que disponen sino que sirve a los intereses económicos de clanes rivales en la cúspide del poder. Sin embargo, desde un punto de vista técnico, por no decir cínico, la utilización de comandos de asesinos para «luchar contra el terrorismo» ofrece solamente una solución momentánea a los problemas y no una estrategia de futuro.

No es posible ocupar Irak con fuerzas de comandos. Esta verdad constituye, una vez más, la expresión de cierta impotencia [13].
El Pentágono no logra ya controlar el funcionamiento de sus fuerzas clásicas, que disponen de una verdadera estrategia pero son mastodontes que no se adaptan a los problemas contemporáneos, y no logra resolver tampoco esos problemas con Fuerzas Especiales, móviles pero incapaces de aportar algo más que soluciones temporales.

[1] Cf. Secretary Rumsfeld Speaks on «21st Century Transformation» of U.S. Armed Forces, National Defense University, Fort McNair, 31 de enero de 2002.

[2] Sobre los crímenes de guerra de la coalición en Afganistán, consultar las investigaciones de Physicians for Human Rights.

[3] Transformation of Special Operations : Reducing Joint Friction, por John R. Basehart, USAWC Strategy Research Project, US Army War College, 7 de abril de 2003.

[4] Secret Intelligence and Covert Action : Consensus in an Open Society, por John C. Green, Strategy Research Project, US Army War College, 19 de marzo de 1993.

[5] En Francia, por el contrario, los servicios secretos exteriores (DGSE) son una agencia del ministerio de Defensa.

[6] Se trata de un tema evidentemente embarazoso. Cf. ’All Necessary Means’. Employing CIA Operatives in a Warfighting Role Alongside Special Operations Forces, par le colonel Kathryn Stone, USAWC Strategy Research paper, US Army War College, 7 de abril de 2003.

[7] Honing the Tip of the Spear : Developping an Operational-Level Intelligence Preparation of the Battelfield for Special Operations Forces, por Peter J. Don, Naval War College, 3 de febrero de 2003.

[8] Cf. Remarks by the President at 2002 Graduation Exercise of the United States Military Academy West Point, 1ero de junio de 2002.

[9] The National Security Strategy, por George W. Bush, septiembre de 2002.

[10] The Army Special Operations Forces Role in Force Projection, por el coronel Jack C. Ziegler Jr., USAWC Strategy Research Project, US Army War College, 7 de abril de 2003.

[11] How Can the US Army Overcome Intelligence Sharing Challenges Between Conventional and Special Operations Forces? por el mayor Michele H. Bredenkamp, School of Avanced Military Studies, US Army Command and General Staff College, 22 de mayo de 2003.

[12] Ver por ejemplo: Should The Marine Corps Expand Its Role in Special Operations? por el teniente coronel Mark A. Clark, USAWC Strategy Research Project, US Army War College.

[13] «Not a Magic Bullet. In terror war, US relies too heavily on its thinly stratched Special Forces», por William A. Arkin, in Los Angeles Times del 22 de febrero de 2004.