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Ahora, como si le hubieran desclasificado la memoria, paladeando los recuerdos, a cuenta gotas, Luis García Gutiérrez, en una ópera prima escrita a los 85 años, nos cuenta lo que él llama: La Otra Cara del Combate, titulo de un libro suyo, convertido en un suceso editorial.

Con su proverbial modestia y férreo sentido de la disciplina, Fisín declinó concederme una entrevista a propósito del aniversario de la caída del Che en Bolivia, no obstante, no pudo impedir que, valiéndome del libro y de retazos de otras tertulias, cuente su historia. Enterado de mi propósito me advirtió: “Siempre que se hable del Che, el protagonista debe ser el Che”.

A mediados de la década de los sesenta, el Che Guevara que ya era una leyenda, dejó de ser noticia en Cuba. Su rostro querido y familiar se ausentó de televisión y su voz dejó de ser escuchada. No se presentaba en los actos públicos, no acudía a las reuniones del Ministerio de Industrias ni representaba a la revolución cubana en el extranjero. Luego nos enteramos: Estaba en Africa, haciendo lo que mejor sabía hacer: combatir.

Los esfuerzos por desarrollar la lucha revolucionaria en el Congo no fructificaron y se hizo necesario replegar a los combatientes, entre ellos al Che, que se trasladó a Dar-es-Salaam, Tanzania.

Hacer invisible para amigos y enemigos la recia personalidad del guerrillero y ocultar su rostro familiar y querido, fue la tarea que en 1965 el Comandante Ramiro Valdés, entonces Ministro del Interior de Cuba, encomendó a Fisín.

Luis C. García Gutiérrez se inició en la actividad clandestina en 1948, cuando el partido comunista cubano en el que militaba, lo asignó a su Comisión de Habilitación, entidad ligada a la Comisión Militar del Partido, encargada de crear coberturas que permitieran a la organización y a sus líderes, funcionar en la clandestinidad.

La Comisión de Habilitación proveía a los militantes y dirigentes con documentación falsa y creaba para ellos nuevas identidades, mediante disfraces, acciones cosméticas, manipulaciones de ortodoncia, no sólo para sobrevivir a la represión, sino para cumplir misiones dentro y fuera del país.

Fue esa experiencia acumulada a lo largo de casi 20 años, en los que “camufló” a prácticamente todos los líderes del partido, habilitándolos para entrar o salir del país, viajar a las provincias o participar en reuniones y la confianza de que se hizo merecedor, lo que hicieron que se le confiara la delicada misión de metamorfosear al Che para desplazarse de Africa a Europa.

Sin perder tiempo, Fisín elaboró el diseño que estimó apropiado al físico y al carácter del jefe guerrillero que fue aprobado por Ramiro Valdés quien le indicó ponerse en contacto con el Comandante Manuel Piñeiro, “Barba Roja” quien le organizó un itinerario que pasaba por Praga, París y El Cairo, donde lo esperaba un enviado de La Habana que lo escoltó hasta Dar-es-Salaam.

El día de navidad de 1965, arribó a Tanzania, se encontró con el Che y comenzó a trabajar para dotarlo de una apariencia nueva que fuera también convincente.

La técnica consistió en un chaleco para llevar bajo la ropa, que aumentaba unas libras de peso y confería a quien lo usara la apariencia de un individuo giboso; zapatos que elevaban en varios centímetros la estatura, espejuelos aparentemente de cristales muy gruesos, un corte de cabellos que suprimía el “pico de viudo” como llaman al nacimiento del pelo en el centro de la frente, y unas prótesis dentales que alteraba los rasgos del rostro.

En el trabajo de enmascarar la identidad del Che, dueño de un carácter y de una personalidad sui generis, se tomaron en cuenta elementos de su perfil psicológico, para crear una alternativa en la que se sintiera cómodo e incluso pudiera alternar con otras personas.

Por extraño que parezca, hacer desaparecer el rostro agraciado y simpático del Che, muy parecido a Cantinflas, convirtiéndolo en un ser anodino y ordinario, incluso un poco bobalicón, fue un éxito para Fisín. Cumplida la misión retornó a La Habana. El resto de la operación no le concernía.

De regreso trajo una extraña encomienda. El Che le entregó para que hiciera llegar a Manuel Piñeiro, 25 centavos de dólar. Barbarroja aceptó la moneda y comentó: - “Qué creé el Che que nos vamos a caer por veinticinco centavos.” Broma o no, el secreto de la enigmática transacción financiera se fue con ellos a la tumba.

Fue Piñeiro quien meses después, le ordenó viajar a Praga, el Che enviaba por él, tal vez para que le revisara la dentadura, pero más bien para que le hiciera compañía. Durante las semanas que permaneció en la capital de Checoslovaquia, pasearon por las afueras, conversaron, hicieron fotos, jugaron ajedrez, practicaron tiro y, con razón o sin ella, el Che tuvo ocasión de criticar a Fisín.

Otra vez en La Habana, el “sacamuelas” regresó a sus tareas hasta que fue nuevamente convocado por Manuel Piñeiro. Esta vez no tuvo que viajar a Africa ni a Europa, el legendario guerrillero se entrenaba en Pinar del Río, una provincia del occidente cubano próxima a La Habana.

Durante algunas semanas, Fisín convivió con el destacamento que luego haría historia en Bolivia y casi llegó a creerse uno de ellos. No fue así. Lo más que logró fue que el Che le sugiriera la posibilidad de llevarlo consigo cuando hubiera algún territorio liberado.

Era 1965 y Fisín tenía 47 años. A él no le parecían demasiados, aunque en el grupo que entrenaba con el Che, lo trataban como un anciano, llamándolo: “Guerrillero de la Guerra Civil Española”.

En la aventura hubo una nota amarga cuando el Che, al despedirlo en Pinar del Río, justo antes de viajar a Bolivia para entrar en la historia, le advirtió:

- “Si usted comenta algo con un viejo militante, se esterarán los soviéticos y, de ser así, se enteraría el partido boliviano y, de ser así, se enterará la policía boliviana, porque ellos están “penetrados” por la policía”.

Acostumbrado a confiar y a creer en el partido que también había creído y confiado en él, Fisín hubiera preferido no recibir tal advertencia.

Los hechos están a la vista: nadie se enteró.

Siempre que hablo con Fisín me asalta una duda: ¿Será así de verdad o estará disfrazado?

Un día se lo comenté a un amigo común quien lo retrató:

“Ese viejo es un león vestido de civil”.