La elite dominante norteamericana, por cierto tan minoritaria como la realeza británica, la casta de los Borbones o el Colegio Cardenalicio, es tan liberal por su comportamiento en materia económica, como dogmática en el ámbito ideológico, intolerante en lo cultural y excluyente en la esfera política. El capitalismo norteamericano que es capaz de desarrollar las fuerzas productivas más que todos los demás países juntos, ha sido incapaz de dotarse de un sostén espiritual propio.

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Lo mejor de la sociedad norteamericana, que son sus libertades, no han soportado la prueba de una genuina disidencia. En Estados Unidos no prosperaron, en medida equivalente a su desarrollo socioeconómico, organizaciones alternativas, el movimiento sindical fue castrado, nunca hubo una prensa de izquierda, ni floreció el pensamiento socialdemócrata, incluso la difusión de la doctrina social de la Iglesia, no dio lugar a las organizaciones políticas y sindicales cristianas, características del occidente desarrollado. Los norteamericanos nunca conocieron un tercer partido ni un candidato independiente de relevancia real.

La respuesta de Estados Unidos al nacionalismo latinoamericano fue el intervencionismo, con el neocolonialismo pretendió anular la descolonización y su reacción ante el auge de las ideas socialistas posterior a la II Guerra Mundial, fue el Mcarthismo, la más agresiva expresión de intolerancia ideológica institucionalizada desde la Inquisición. Nunca el establishment norteamericano se planteó el enfrentamiento al comunismo como parte de una lucha de ideas, sino como un fenómeno policíaco.

El pragmatismo, que en su acepción más pedestre domina el pensamiento político del sector dirigente norteamericano, confunde las categorías y asume como patrón el éxito a cualquier precio. Una sociedad que en el plano científico aun discrepa con Darwin, es en el ámbito social ferozmente darvinista, allí el pobre es un perdedor.

El tosco materialismo economicista se complementa por un clericalismo absurdamente primitivo e inconsecuente que, de una parte cuestiona la imparcialidad de Dios, lo hace cómplice de arbitrariedades e injusticias y de la otra, convierte en afirmación lo que debiera ser un ruego: ¡Dios bendiga a los Estados Unidos!

El simplismo y la banalidad del discurso político, basado en consignas y frases ingeniosas, generalmente atribuidas al presidente de turno y elevadas al rango de doctrinas, no es un hecho casual, sino un fenómeno de profundas raíces históricas y que evolucionando constantemente se ha adaptado a las nuevas realidades, especialmente al control por la elite de los medios de difusión masiva.

Tal vez todo se explique porque los Estados Unidos son la única nación mundial en la que están representados todos las nacionalidades y etnias, unidas por valores mercantiles en lugar de por atributos nacionales o patrióticos y que, careciendo de elementos endógenos cohesionadores, acude constantemente a justificaciones exteriores, desplegando una agresividad que por permanente ha devenido segunda naturaleza.

Estados Unidos inventó la cultura de masas porque no podía reinventar a las masas, mientras más nutridas de aquella bazofia, más susceptibles de ser manipuladas. Una sociedad sorprendentemente dinámica e imaginativa en todas las esferas del saber y de la creación material, segrega una producción cultural dominada por la banalidad y lo trivial. El cine de Hollywood aporta el más antológico ejemplo.

Aunque necesariamente esquematizados, tales realidades forman los ambientes ideológicos y los contextos reales en los cuales se realiza la competencia política estadounidense, basada en una liturgia hecha de ritos por medio de los cuales, la elite corteja y engaña a las mayorías, a la vez que se reproduce y reproduce su poder. De todos los actos litúrgicos los más importantes son: la credibilidad y las elecciones.

La base de la ideología y del sistema político norteamericano es la creencia en un destino manifiesto, según el cual, Estados Unidos está predestinado para liderar al mundo occidental, empeño para el cual, los padres fundadores crearon la más perfecta de las democracias. Semejante chatarra ideológica es complementada cuando se le hace creer al pueblo que es depositario del poder y que los políticos profesionales son sus representantes y servidores.

Asumida a escala social, semejante espiritualidad funciona como ente cohesinador en la medida en que se convierte en credo, que es realizado mediante el sistema electoral. .

El camino hacía la presidencia comienza cuando la maquinaria partidista identifica a los sujetos, siempre un gobernador, senador o vicepresidente, como elegible. Jamás nadie ajeno a ese cenáculo ha alcanzado la máxima jerarquía. La elite política norteamericana es una casta tan cerrada como la de los brahmanes de la India. En Estados Unidos nunca hubo un presidente proveniente de los círculos intelectuales, periodísticos e incluso tampoco del mundo de los negocios. Tres presidentes militares: Taylor, Grant y Eisenhower son las excepciones que confirman la regla.

Los presidenciables luego de ser entrenados mediante el desempeño de algunos cargos menores, y de haber hecho su pasantía por el Congreso o el ejecutivo, donde la selección natural descarta a los excesivamente mediocres o faltos de carisma, son tomados de la mano por la maquinaria partidistas que los conduce por los meandros de un colosal ejercicio de relaciones publicas que conducirá a un engaño masivo.

El primer filtro son los caucus electorales, asambleas partidistas de base en las que participan los activistas más relevantes de las localidades y que sirven a la maquinaria del partido de referencia respecto al punto de vista de las bases sobre algunos candidatos. Los sobrevivientes están listos para participar en las elecciones primarias, penúltimo tramo en la carrera presidencial, mediante las cuales los partidos escogen a sus candidatos.

El seleccionado deberá todavía cumplir el ritual de presentarse ante la convención de su partido cuya única misión es santificar el resultado de las primarias y, con la fuerza de la maquinaria política partidista, desplegada a escala nacional y con todo el dinero recaudado, relanzar al candidato ungido que irá a las elecciones generales, evento en el que, mediante el voto, el pueblo expresa su preferencia por uno de los dos contendientes.

Contrariamente a una creencia generalizada, al votar, los ciudadanos estadounidenses no eligen directamente al presidente sino a los integrantes del llamado Colegio Electoral, 538 super electores que designarán al presidente.

En este instante pueden ocurrir tres fenómenos:

(1) Que un candidato obtenga la mayoría del voto popular y logre también mayoría en el colegio electoral. En este caso, la elección se habrá consumado.

(2) Que un candidato obtenga la mayoría de los votos del pueblo y no alcance la mayoría en el Colegio Electoral en cuyo caso prevalecerá la decisión del Colegio Electoral. Este fenómeno ha ocurrido con 17 candidatos.

(3) Que en el Colegio Electoral haya empate, en cuyo caso la decisión se trasladará al Congreso que votará hasta lograr una decisión. En la tercera elección fueron necesarias 36 votaciones para decidir entre Jefferson y Aaron Burr.

En el 2000 se dio una cuarta situación cuando la elección fue impugnada, se ordenó el recuento de votos y el Tribunal Supremo anuló la decisión, haciendo prevalecer el punto de vista del Colegio Electoral que dio la presidencia a Bush.

La elección presidencial es un hecho político de tanta relevancia que concita la atención de la mayoría de los ciudadanos del planeta, excepto de los norteamericanos. Cerca de 70 millones de ellos ni siquiera se inscriben en los registros electorales y una parte de los inscriptos simplemente no votan, entre otras cosa, porque no les interesa quien gobierna sino como lo hace.

De lo que no se han percatado los norteamericanos es de lo mucho que se parece su democracia al totalitarismo.