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El reproche no es nuevo, pero ha resurgido a raíz del desistimiento de la acción penal en contra del jefe de Gobierno de la ciudad de México: Andrés Manuel López Obrador es la versión mexicana de Hugo Chávez, el mandatario venezolano.

En sus orígenes el supuesto parecido entre los dos políticos fue manufactura de la prensa salinista. Fue parte de una campaña mediática en la que, simultáneamente, se presentó al Peje como populista y como "el señor López". La acusación de ser el Hugo Chávez made in Mexico no tuvo mucha fortuna. El presidente venezolano no es muy conocido en el país y la mayor parte de la población no tiene de él la terrible imagen que sus enemigos han fomentado.

Sin embargo, en días recientes se ha relanzado la ofensiva. Según The New York Times, "las inclinaciones izquierdistas (de López Obrador) han despertado en la elite gobernante (de Estados Unidos) y en analistas extranjeros la preocupación de que siga los pasos de Hugo Chávez en Venezuela".

¿Por qué comparar al venezolano con el jefe de Gobierno del Distrito Federal? Porque el Departamento de Estado y otros poderes en Washington identifican al antiguo coronel como sinónimo del mal. Sus enemigos, directamente involucrados en el golpe de Estado de 2002 y que mantienen importantes relaciones con la prensa extranjera, han dicho que busca imponer una dictadura totalitaria, pretende llevar a Venezuela a un régimen castrista, ha pisoteado los derechos humanos y conducido al país a la quiebra. Al equiparar al Peje con Chávez se quiere hacer del mexicano un enemigo de los intereses estadunidenses, un adversario del mundo empresarial, una amenaza a la democracia, un tirano en potencia.

Se trata de un recurso de publicidad política, no de análisis riguroso. Es una herramienta retórica para tratar de descalificar a un enemigo, la cual prescinde de un hecho central: las imputaciones que se hacen al mandatario sudamericano son falsas. Esconden el que, como jefe del Ejecutivo, Chávez triunfó en un referendo revocatorio supervisado por el ex presidente estadunidense James Carter. Oculta que el Congreso venezolano se reúne sin cortapisas, que se respeta el derecho de manifestación, que todos los días se critica al gobierno, y que no existen prisioneros políticos ni censura. Lo que vale es la imagen que se quiere crear de Hugo Chávez como un nuevo déspota tropical y a López Obrador como su émulo.

Comparar a uno con el otro es un ejercicio absurdo. Es cierto que ambos líderes expresan el fracaso de los partidos políticos que no supieron responder adecuadamente a una crisis económica prolongada. También, que la mediocracia les teme y los combate con particular virulencia. Asimismo que ambos transmiten a una parte muy importante de la población pobre la sensación de que la toman en cuenta. De igual manera los dos dan mucha importancia a la soberanía de sus naciones. Pero, más allá de estos elementos y su común afición al beisbol, es muy difícil encontrar muchas más semejanzas entre ellos. Economía, sociedad y política se estructuran de diversa manera en los dos países.

En Venezuela la lucha de clases se centra en el Estado y su núcleo primario no es la apropiación de la plusvalía producida nacionalmente, sino la captación de rentas petroleras. El Estado ha sido allí el origen primario de riqueza. En México, en cambio, la renta petrolera es sólo una fuente más -importante sin duda- de recursos; el Estado ha sido fuente de enriquecimiento, pero muy importantes fortunas se han hecho por afuera de él, y las modalidades de la lucha social y política desbordan el marco exclusivo del Estado.

Las diferencias entre los dos gobernantes son fácilmente distinguibles.

De entrada porque uno es militar y el otro civil. Abarcan tanto sus posiciones políticas como su estilo personal de gobernar. López Obrador ha dicho que en el espectro político él se ubica en el centro; en cambio, Chávez postuló primero que era necesario crear una tercera vía y después que se requería fundar un nuevo socialismo. El venezolano se ha distinguido por una beligerante retórica antiestadunidense; el mexicano no ha hecho ningún comentario crítico de su país vecino, y ha ubicado como aspecto central de la agenda binacional la cuestión de los migrantes y la necesidad de pactar un convenio de cooperación económica.

Hugo Chávez es un gran orador de masas. Sus discursos mezclan indistintamente la religión, la historia patria, el llamado a la participación popular y el análisis de la coyuntura. Usualmente crea metáforas eficaces para conectar con los sentimientos populares y estimular su dignidad. Es un soldado que gusta de ir a la ofensiva y no teme la confrontación. Es, además, capaz de hablar durante horas.

López Obrador, en cambio, es mucho más eficaz como comunicador en sus conferencias de prensa que en sus discursos ante multitudes. Es un personaje político laico que en su oratoria privilegia la propuesta programática y la mesura. Aunque también recurre a la historia como fuente de legitimidad, limita sus referencias a figuras como Benito Juárez y, últimamente, Francisco I. Madero.

El venezolano no tuvo militancia previa, emergió del colapso de los partidos tradicionales y ha procurado promover formas de poder popular y de democracia participativa. El mexicano surgió de las filas de un instituto político tradicional, fundó y dirigió un partido que es parte del establishment, se apoya en la movilización social, pero no apuesta a crear contrapoderes.

Además, se ha dicho, como parte de "las pruebas", que el Peje es el nuevo Chávez, que el tabasqueño es un crítico del consenso de Washington. No hay, de su parte, una ruptura con el modelo. En algún momento afirmó, sí, que había que limar las aristas más espinosas del neoliberalismo. Con ello, más que ser eco del mandatario venezolano, López Obrador estaría más cerca del ahora ex presidente del Banco Mundial Jim Wolfensohn, quien el 20 de noviembre de 2003, en Río de Janeiro, Brasil, anunció que el consenso de Washington había muerto.

La Jornada