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El mundo no lo sabe. Guantánamo es más que una bahía, más que una base militar norteamericana y que una prisión. Es una pintoresca ciudad de Cuba, capital de una provincia en la que se asienta Baracoa, primera villa fundada en la Isla y el lugar donde se conserva la reliquia católica más antigua del Nuevo Mundo, la Cruz de Parra, la misma a cuya sombra oró Cristóbal Colon el día del descubrimiento.

Guantánamo, es un lugar poblado por bellísimas criaturas, fruto de una explosiva mezcla de aborígenes con negros y españoles, conocidas como guantanameras, que sirvieron de inspiración a un bardo criollo, Joseito Fernández para componer una pegajosa guaracha que un norteamericano, Peter Sieger inmortalizó al incorporarle versos de José Martí.

Todavía Guantánamo es más. Es la tierra del cacique Hatuey, un líder aborigen que sin dejarse impresionar por caballos, arcabuces y caras pálidas, enfrentó a los colonizadores. Se cuenta que atado a la hoguera, un cura le ofreció el cielo a cambio del arrepentimiento.

- Padre, los españoles van al cielo -preguntó el indio-.

- Por supuesto hijo -respondió el párroco-.

- Entonces no quiero ir allí -fue la respuesta-.

Todavía la región dio que hablar cuando fue eje de un exótico proyecto británico protagonizado por el Almirante Sir Edward Vermont, que en 1741, al mando de una escuadra inglesa, se apoderó de la bahía de Guantánamo e intentó fundar allí una republica a la que nombró Cumberland como homenaje al primogénito del rey Jorge II, duque de aquella localidad británica. Vermont fue derrotado por la fiebre y los mosquitos y el proyecto se canceló.

Puede ser que las apetencias geófagas fueran parte del legado británico a los Estados Unidos, cuyo gobierno en 1812, publicó mapas en el que la Isla de Cuba figuraba como parte de aquel país.

John Adams, segundo presidente de Estados Unidos, afirmaba que: “...La anexión de Cuba a nuestra República será indispensable para la continuación de la Unión”. Otro mandatario, Thomás Jefferson mantenía el criterio de que en caso de guerra con España, Estados Unidos debía apoderarse inmediatamente de Cuba, otro la consideró una “fruta madura” y en 1823, se adoptó la Doctrina Monroe.

Muchas razones tuvo José Martí cuando al reiniciar la lucha por la independencia en 1895, proclamó que se trataba de liberar a Cuba de España y de los Estados Unidos.

La lucha por la independencia cubana había comenzado en 1868 y entre brillantes hazañas y ejemplos de heroísmo, frustraciones, treguas, victorias y derrotas, se llegó hasta 1898 cuando a España le era imposible sostener su dominio colonial sobre la isla.

Interesado no sólo en Cuba sino también en Filipinas y Puerto Rico, Estados Unidos declaró la guerra a España, a la que derrotó, imponiéndole el Tratado de París.

Cuba pasó de colonia española a país ocupado por las tropas norteamericanas que permitieron la proclamación de una pseudo república, con la condición de que su constitución incluyera la Enmienda Platt, una ley del Congreso Norteamericano según la cual, Estados Unidos podría intervenir militarmente en Cuba que además quedó obligada a arrendar tierras para el establecimiento de bases militares.

Así, de la imposición y de la ilegalidad, en tiempos pretéritos nació la base naval de Guantánamo, un territorio que Estados Unidos ocupa contra la voluntad del pueblo cubano.

Sin obtener el consentimiento de Cuba, aprobación que no cree necesitar, Estados Unidos convirtió la instalación en prisión para internar a elementos terroristas capturados en otros países. Bajo el trauma de los brutales actos terroristas del 11-S, nadie sospechó las verdaderas intenciones de la admistración Bush.

Contrario a toda lógica jurídica, el gobierno norteamericano argumentó que al no formar parte del territorio norteamericano, en Guantánamo, no regían las leyes norteamericanas, por lo que la base fue transformada en un limbo legal, una especie de más allá donde no solo no regían las legislaciones estadounidense, sino ninguna y los internados allí carecían de todos los derechos y podían ser maltratados a discreción.

Tres años después de aquella desafortunada decisión, la opinión pública internacional, gobiernos de todo el mundo, organizaciones humanitarias y de derechos humanos, congresistas de los Estados Unidos y el Tribunal Supremo Norteamericano han denunciado la situación de los detenidos en la base, que pueden o no ser culpables, pero deben ser tratados con arreglo a derecho.

Pocos han reparado que en Guantánamo, además de 1500 presos, viven 208.000 cubanos incómodos porque su territorio y su nombre se mancille al ser asociado no a una bella canción o a una historia hecha de paradigmas, sino a un horrendo acto de violación de los derechos humanos.

Cerrar la prisión de Guantánamo es una buena consigna, devolver a Cuba ese territorio, un complemento obligado.