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Vivimos ahogados en nuestras inmediateces o alienados por banalidades mundanas que nos mantienen en la más cómoda de las indolencias. Pero al virar cualquier esquina nos espera la bofetada de hechos y episodios que nos despierta a realidades superiores a nuestra mediocre intrascendencia.

Pasan desapercibidos noticias y reportajes espantosos sobre lo que esta santa y jamás bien ponderada civilización occidental judeo-cristiana, por siglos ha cometido contra todo un continente, con una dedicación sádica en la que se ha empozado el odio de dios contra su pobre gente.

No está lejana la masacre de un millón de tutsis en Rwanda ante la mirada impasible e hipócrita de la ONU, ni la reciente en Darfur con medio millón de víctimas, sin olvidar las de Monrovia, Sierra Leona, Mozambique, Nigeria, Somalia o …, es difícil excluir algún país del mapa atormentado de África.

Ahora la mira apunta al Medio Oriente. Los pretextos no faltan: el choque de civilizaciones, la lucha antiterrorista, el «eje del mal», tienen ninguna o relativa validez, pero atrás está el aliciente irresistible para los buitres dueños de todo.

Son los malditos negocios del petróleo y de las armas, padre y madre de esta pandemia, cuyas fabulosas utilidades están en proporción directa de las decenas de millones de cadáveres que se acumulan como lastre desechable en los pasivos empresariales.

Con singular crudeza, la película «Lord of war» (Nicolas Cage) pinta el cinismo y el imbatible poder que mueve la producción y tráfico de armas. Al final, la impunidad impera, porque los «ilegales» son apenas un apéndice de lo que se considera oficial.

Mr. Bush da el nombre al film, aunque sólo se lo menciona al final.

La impavidez convalida el estigma que sentenció Gallegos Lara: “No podemos ser dichosos sin ser canallas”, rescatada en el poema «La paz» de Euler Granda.