En muchos aspectos, los recientes acontecimientos vinculados con el tema nuclear iraní carecen de novedad. Al igual que en 2002, cuando se trataba de las armas de destrucción masiva iraquíes, los actores mediáticos –cada uno a su manera– hablan de una amenaza inminente que es preciso contrarrestar sin mayor dilación. En Le Monde y en el Wall Street Journal, los ministros de Relaciones Exteriores de Francia, Alemania y el Reino Unido, Philippe Douste-Blazy, Joschka Fischer y Jack Straw respectivamente, así como el Alto Representante de la Unión Europea para la Política Exterior, Javier Solana, exhortan a Irán a «trabajar para volver a fomentar la confianza». Para ello, exigen la suspensión de todas las actividades de enriquecimiento y recuperación mientras se desarrollen las discusiones y reclaman que Teherán aporte la prueba del carácter realmente pacífico de su programa nuclear. Si bien no ponen en tela de juicio el derecho de Irán a contar con un programa nuclear civil, afirman sin embargo desde el principio que tienen dudas sobre sus ambiciones pacíficas y esgrimen como prueba el carácter clandestino que rodea estas actividades en Irán desde hace 20 años así como la actitud en la materia del presidente iraní, calificada de «intransigente».
Esta tribuna es difundida cuando diarios dirigidos al público europeo publicaron en las últimas semanas el mismo mapa que muestra el alcance (hipotético) de los misiles iraníes. Este mapa incluía a la mayor parte de Europa con el objetivo de convencer a todos los lectores de la envergadura de la amenaza. En fecha tan temprana como 1989, un mapa análogo fue utilizado para explicar que los misiles SCUD de Sadam Husein podrían (en teoría) alcanzar Lyon.
Los cuatro autores consideran que Irán no respeta el Tratado de No Proliferación y que existe un gran peligro de que toda la región sea desestabilizada. Para evitarlo, recurren a la idea de convertir al Medio Oriente en zona libre de armas de destrucción masiva. Es interesante observar que la preocupación europea con relación a este objetivo se centra en un país que está lejos aún de poseer los medios para dotarse de armas semejantes –y que declara con vehemencia no tener la intención de hacerlo– al mismo tiempo que ignora por completo al único país de la región que cuenta actualmente con un arsenal semejante, en este caso Israel. De todas formas, para estos cuatro ministros, que representan la política exterior de la UE, es urgente actuar y apelar a una posible sanción del Consejo de Seguridad de la ONU. A estas amenazas apenas veladas, Hassan Hanizadeh, editorialista del Tehran Times y portavoz casi oficial de la República Islámica, opone la posición oficial de Irán y denuncia el chantaje de la Unión Europea. Cuenta para ello con un fuerte aliado, Mohammed El Baradei (quien recibió el Premio Nobel de la Paz), presidente del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) cuyos sucesivos informes dejaron siempre en claro que el programa nuclear iraní tenía un carácter pacífico. Al mismo tiempo que señala la división de opiniones entre los gobiernos europeos con respecto a este tema, Hanizadeh reitera las acusaciones de la diplomacia iraní de que Estados Unidos e Israel quieren dar un cariz político artificial a un asunto de transferencia de tecnología Norte-Sur. Por consiguiente, la solución de esta controversia sobrepasa el marco regional para implicar a todo el Tercer Mundo y al mundo musulmán en su conjunto. En los últimos días, fuimos también testigos de un (posible) endurecimiento del tono de Teherán. El presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, habría declarado en entrevista publicada por el Khaleej Times de Dubai que su país no excluía la posibilidad de recurrir al arma petrolera y a la expulsión de los inspectores nucleares internacionales en caso de que el Consejo de Seguridad adoptara sanciones sobre la simple base de las sospechas. El presidente iraní volvió a referirse a esta entrevista dos días más tarde y afirmó que nunca había dicho eso. En cambio, recordó que a partir del momento en que las autoridades religiosas del país emitieron una fatwa que prohibía el empleo del arma nuclear y de armas de destrucción masiva «el Parlamento no podía adoptar leyes [en tal sentido]». A pesar de los sucesivos desmentidos iraníes, la prensa internacional abre sus columnas a expertos regionales para los que al parecer no hay alternativa a las sanciones. Georgui Mirsky, miembro de la Academia de Ciencias de Rusia, se separa de la opinión comúnmente publicada en la prensa rusa de que Irán solo ejerce su derecho a dotarse de una tecnología con el fin de fortalecer su autonomía energética y opina en la Rossiskaya Gazeta de Moscú que no existe la menor duda de que a Irán le gustaría contar con la bomba nuclear. En su opinión, Teherán no trata de dotarse del arma nuclear para atacar a Israel sino para garantizar su seguridad en caso de ataque estadounidense. El gobierno iraní, que extrajo las lecciones del ejemplo iraquí, parece convencido de que Estados Unidos se dispone a atacarlo. Para ello estaría dispuesto a librarse de cualquier acuerdo y adquirir la bomba como lo hicieron la India o Pakistán. Además, las disensiones europeas y los bloqueos en el seno de la ONU y del OIEA le permiten a Irán ganar tiempo mientras que la nueva situación geopolítica creada por el atascamiento de Estados Unidos en Irak hace poco probable un ataque militar. Las sanciones siguen siendo en opinión de Mirsky la única forma de presionar a Irán.
Esta misma opinión es compartida por los diferentes think-tanks o centros de investigación, propaganda y divulgación de ideas neoconservadores así como por sus correas de transmisión. El Daily Star, principal diario en inglés del mundo árabe, publica una tribuna de Sanam Vakil, investigadora encargada de Irán en el seno del Council on Foreign Relations. Vakil lamenta la incoherencia y las debilidades de la política de George W. Bush con respecto a Irán. Mientras que este país cuenta con un fuerte gobierno conservador, Estados Unidos se ha dejado distraer al punto de poner el tema primero en manos de la Unión Europea y luego de los organismos internacionales de la ONU, como el OIEA. En esas condiciones, a George W. Bush sólo le queda actuar de manera unilateral, o, para emplear el eufemismo ya utilizado en el caso de Irak, «definir una política coherente» puesto que se trata de un tema urgente: el nivel de popularidad del presidente está en extremo deprimido y el precio del barril de petróleo alcanza 67 dólares. En esta tribuna encontramos el eje retórico clásico empleado antes de la guerra de Irak: la amenaza es terrible, el peligro inminente y las estructuras internacionales están paralizadas. Aunque se trate de cuestiones muy diferentes, la prensa publica textos que comparan los temas nucleares en Irán y en Corea del Norte. De esta forma, valida implícitamente la asociación de ambos países, establecida por George W. Bush, en un misterioso «Eje del Mal».
Como era de esperar, Thérèse Delpech, analista atlantista e investigadora de la rama europea de la Rand Corporation, se vale de argumentos semejantes a los de Sanam Vakil, pero esta vez con relación a Corea del Norte. En Libération denuncia el acuerdo alcanzado en Pekín y afirma que se trata de un «acuerdo ficticio». Cuestiona la sinceridad de Corea del Norte cuando dice querer deshacerse de su arsenal nuclear, a lo que se había comprometido en el acuerdo anunciado en septiembre pasado, al recordar que el régimen de ese país es famoso por sus súbitos cambios de opinión. El acuerdo de septiembre fue firmado a toda prisa con el objetivo esencial de que la administración Bush pudiera hacer un anuncio que le permitiera recuperar prestigio mientras que China lo necesitaba para prevenir una crisis que podía conducir a una reacción conjunta de Japón y Estados Unidos, países que podrían fortalecer sus vínculos en la esfera de la defensa antimisiles. Delpech considera que el acuerdo del 25 de septiembre no es tal y no debe constituir un ejemplo para resolver otras crisis semejantes.
En Ha’aretz, Young Sam Ma, asesor de la embajada de Corea del Norte en Israel, desarrolla un punto de vista diametralmente opuesto. Para él, este acuerdo –cuyo éxito debe servir de inspiración a los negociadores del caso iraní– significa que Corea del Norte abandona su programa nuclear y vuelve a adherirse al Tratado de No Proliferación. Las lecciones que debemos extraer de esta negociación son la importancia de una clara posición común por parte de los Estados, basada en una mayor consulta, el papel de un intermediario capaz de establecer un vínculo entre todas las partes implicadas, en este caso China, y finalmente la propuesta de contrapartes interesantes desde el punto de vista político y económico a cambio de renunciar al programa nuclear militar.
Turki Al Soudairi, jefe de redacción del diario saudita Al Riyadh, desarrolla también esta perspectiva al analizar las cartas de triunfo de Irán en comparación con aquellas que jugó Corea del Norte. Si bien Irán no ha sabido establecer relaciones geopolíticas fuertes con sus vecinos ni apoyarse en Rusia como lo hizo Corea en China, su posición geográfica y las consecuencias que tendría una operación militar en la ya tensa situación de la región hacen improbable cualquier opción en este sentido. Lo mismo ocurre con un posible embargo, que aunque fuera aprobado por un Consejo de la ONU con opiniones divergentes, sería difícil de aplicar. Para Al Soudairi, la solución sólo puede provenir de la negociación, siguiendo el modelo de lo que se hizo en Corea. Concluye, con cierto optimismo, que la negociación sobre el tema nuclear iraní y norcoreano puede significar que el paréntesis unipolar abierto por George W. Bush se está cerrando.