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La nominación de John Bolton como embajador de Estados Unidos ante la ONU dejó vacante la función de subsecretario de Estado para el Control de Armamentos y los Asuntos de Seguridad Internacional (Undersecretary of State for Arms Control and International Security Affairs).

Podría pensarse que el cargo caería entonces en manos de alguien más flexible. Lejos de ello, el aparato imperial dispone de cuadros que poner en cada puesto conforme a su propia conveniencia. Después de Condoleezza Rice apareció un alto funcionario de toda confianza, Robert G. Joseph, que acaba de recibir ése cargo.

Si Bolton era temido a causa de su brutalidad [1], Robert G. Joseph lo es debido a su intransigencia.

Proveniente de la Academia Naval, Robert G. Joseph siguió estudios universitarios en Saint Louis, Chicago y Columbia. Entró en el aparato gubernamental en 1978, incorporándose al Departamento de Defensa. Participa como ayudante en diversas negociaciones internacionales y se ocupa, más tarde, de los asuntos nucleares en el seno de la OTAN.

En 1978 se convierte en ayudante y segundo del secretario de Defensa Frank C. Carlucci para las negociaciones de desarme nuclear.
Finalmente, representa al presidente George H. Bush (el padre del actual presidente) en diferentes comisiones relativas al Tratado de Reducción de Misiles Balísticos.

Durante los dos mandatos de Clinton, hace una pausa trabajando como profesor de seguridad nacional (National Security Studies) en la Academia de Defensa (National Defense University). Tras la huella de George W. Bush (el hijo del anterior), regresa por la puerta ancha y se convierte, en 2001, en miembro del Consejo de Seguridad Nacional, asistente especial del presidente a cargo de la contraproliferación y de la seguridad de la Patria.

En los foros diplomáticos internacionales, Joseph adquirió una desagradable notoriedad por ser el hombre que sacó a Estados Unidos del Tratado de No Proliferación de Misiles Balísticas de 1972. Encarna, debido a ello, un cambio de política expresado por los neoconservadores en el sentido de que, al considerar que Estados Unidos goza de tanta ventaja en el plano militar sobre sus posibles competidores -como Rusia-, estiman que Washington no tiene por qué aceptar un desarme mutuo gradual.

Quieren, por el contrario, explotar al máximo esa superioridad para obligar pacíficamente a sus competidores a desarmarse de modo unilateral y a aceptar un desequilibrio de fuerzas cada vez mayor hasta que pierdan todo posibilidad de oponerse al predominio planetario del ave de rapiña estadounidense.

Para sus amigos, el gran éxito de Robert G. Joseph fue la Iniciativa de Seguridad contra la Proliferación (Proliferation Security Initiative - PSI) [2]. Por el momento, esta equivale concretamente a dejar que Estados Unidos ocupe un vacío convirtiéndose en gendarme de las aguas internacionales.

Robert G. Joseph no es un alto funcionario que baile al son que le toquen. Se trata de un hombre de sólidas convicciones neoconservadoras que ocupa incluso un puesto en el consejo consultivo del Center for Security Policy, el think tank [Centro de investigación, de propaganda y divulgación de ideas, generalmente de carácter político. Nota del Traductor] por excelencia del belicismo estadounidense [3].

Robert G. Joseph es ante todo investigador en el National Institute for Public Policy (NIPP), un think tank que, en la época de Ronald Reagan, trató de convencer a los estadounidenses de que era posible vencer a la URSS y que, por consiguiente, no debían vacilar en emprender la «guerra de las galaxias».

En el seno de ése instituto, Joseph participó activamente, junto a una treintena de amigos entre los que se hallaban James Woolsey y Stephen Hadley [4], en la redacción del célebre informe intitulado Rationale and Requirements for U.S. Nuclear Forces (Informe y Condiciones para las Fuerzas nucleares estadounidenses). En 2001, el grupo se integró a la administración Bush dentro de un panel de consulta sobre los conceptos de disuasión (Deterrence Concepts Advisory Panel).

En enero de 2002, reformuló el informe para convertirlo en doctrina nuclear oficial (Nuclear Posture Review). Durante la guerra fría, el NIPP y Joseph aseguraban que había que desarrollar la bomba atómica para protegerse del peligro rojo.

Al desaparecer la URSS, afirmaron que desarrollar la bomba se hacía más necesario aún ya que ni siquiera se sabía quién sería el próximo enemigo. Por consiguiente, habría que prepararse contra toda eventualidad inventando y produciendo nuevos tipos de bombas atómicas, específicamente bombas tácticas.

Al conocer el nuevo nombramiento de Robert G, Joseph, China y la Federación Rusa anunciaron el reinicio de su iniciativa común de 2002 sobre la prohibición de la militarización del espacio cósmico. Ambas superpotencias temen, en efecto, que el nuevo subsecretario de Estado para el Control de Armamentos y los Asuntos de Seguridad Internacional se dedique principalmente al desarrollo del arma espacial.

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Ralph E. Eberhart.

El Pentágono cree disponer de una superioridad decisiva en ése campo. Satélites de doble propósito podrían interferir el sistema ruso de posicionamiento Glonass mientras que, en caso de interferencia rusa, el sistema estadounidense GPS cambiaría de frecuencias. Bajo el mando del general Ralph E. Eberhart (cuyo protagonismo en los atentados del 11 de septiembre de 2001 hemos señalado a menudo desde esta publicación), Estados Unidos está posicionando fuera de la atmósfera armas capaces de golpear blancos terrestres así como en el espacio.

Los estadounidenses afirman que lo hacen para defender su propio territorio pero, teniendo en cuenta la órbita de los satélites y la superficie que abarcan, está claro que el objetivo no es otro que controlar todo el planeta. En caso de fracaso de las negociaciones, la Federación Rusa está dispuesta a enviar varias armas asimétricas al espacio.

La explosión de una sola bomba atómica fuera de la atmósfera provocaría un impulso electromagnético capaz de deteriorar los satélites a su paso por la zona de la explosión. Al cumplir una revolución completa alrededor de la Tierra, todo el dispositivo estadounidense de «guerra de las galaxias» quedaría inutilizado.

Más que nunca, la política de los neoconservadores conduce hoy al peligro de reinicio de la carrera armamentista.

[1] «John Bolton y el desarme mediante la guerra», Voltaire, 15 marzo 2005.

[2] «El gendarme mundial quiere controlar los mares», Voltaire, 25 de diciembre de 2004.

[3] «Los manipuladores de Washington» por Thierry Meyssan, Voltaire, 11 de enero de 2005.

[4] «Stephen Hadley, consejero norteamericano de la Seguridad Nacional», Voltaire, 9 de mayo de 2005.